Del rollo al códice. Cómo adoptó la Biblia la forma de libro

Revista La Atalaya. Año 2007, 1 de junio págs. 14-15

Del rollo al códice. Cómo adoptó la Biblia la forma de libro

EL HOMBRE se ha valido de diversos medios para preservar la información a lo largo de los siglos. Los escritores de la antigüedad grabaron sus palabras en monumentos, tablas de piedra o madera y hojas de pergamino, entre otros materiales. Para el siglo I, el formato reconocido y aceptado en Oriente Medio era el rollo. Luego vino el códice, que se convirtió en el medio universal para conservar la palabra escrita y que contribuyó enormemente a la difusión de la Biblia. ¿Qué era, y cómo se popularizó su uso?

El códice fue el prototipo del libro tal y como lo conocemos hoy. Consistía en una colección de hojas plegadas que se sujetaban por el doblez. Las hojas estaban escritas por ambas caras y se protegían con una cubierta. En sus orígenes, el códice no se parecía mucho al libro moderno, pero, como ocurre con casi todo nuevo invento, fue evolucionando y adaptándose a las necesidades y preferencias de los usuarios.

Madera, cera y pergamino

Al principio, los códices se elaboraban por lo general con tablillas de madera recubiertas de cera. En Herculano, ciudad sepultada junto a Pompeya por la erupción del Vesubio en el año 79, se encontraron textos escritos en polípticos (conjuntos de tablillas enceradas sujetas por uno de los bordes más largos). Más adelante, las rígidas tablillas se sustituyeron por hojas de un material que podía doblarse fácilmente. A estos códices —o libros— se los designaba en latín con el nombre de membranae, o pergaminos, por la piel con que se confeccionaban sus páginas.

Algunos códices que han sobrevivido al paso del tiempo están hechos de hojas de papiro. Precisamente de este material están elaborados los códices cristianos más antiguos que se conocen, conservados gracias al clima seco de ciertas regiones de Egipto.

¿Rollo o códice?

Según parece, los cristianos emplearon mayormente el rollo por lo menos hasta finales del siglo I. El período comprendido desde finales del siglo I hasta el siglo III fue testigo de la lucha entre los defensores del códice y los del rollo. Los conservadores —acostumbrados al empleo del rollo— se mostraban reacios a desprenderse de una tradición tan arraigada. Pero pensemos por un momento en lo que suponía leer un rollo. Normalmente, este se componía de un número fijo de hojas de papiro o pergamino que se pegaban formando una larga tira, la cual luego se enrollaba; el texto se escribía en el anverso de la hoja y se distribuía en columnas. Para leerlo, era preciso desenrollarlo hasta encontrar el pasaje deseado, después de lo cual había que enrollarlo de nuevo (Lucas 4:16-20). Una sola obra literaria con frecuencia ocupaba más de un rollo, por lo que la incomodidad era mayor. Si bien el rollo siguió coexistiendo por siglos con el códice, a partir del siglo II los cristianos se inclinaron por este último para copiar las Escrituras. De hecho, los expertos creen que el uso que dieron los cristianos al códice resultó fundamental para su amplia difusión.

Las ventajas del códice eran obvias: tenía mayor capacidad, era más práctico y resultaba más fácil de llevar. Pese a que algunos reconocieron dichas ventajas desde un principio, a la mayoría le tomó tiempo abandonar el uso del rollo. No obstante, con el paso de los siglos se fueron conjugando varios elementos que contribuyeron a que se impusiera el códice.

Comparado con el rollo, el códice era más económico, pues se escribía por ambas caras y un solo volumen podía contener varias obras. Hay quienes consideran que la facilidad para hallar pasajes específicos fue un factor clave para el éxito que tuvo entre los cristianos y entre profesionales como los abogados. A los cristianos les resultaba extremadamente útil para su labor evangelizadora disponer de estos compactos códices o de una simple lista de pasajes bíblicos. Además, el códice tenía tapas, generalmente de madera, por lo que era más duradero.

Los códices también eran prácticos para la lectura personal. Para fines del siglo III, entre los que afirmaban ser cristianos circulaban Evangelios de bolsillo escritos en pergamino. Desde entonces se han producido literalmente miles de millones de ejemplares de la Biblia completa o en parte en forma de códice.

Hoy día existen incontables herramientas que permiten acceder con gran facilidad y rapidez a la sabiduría divina que se halla en las Escrituras, pues la Biblia se consigue en formato electrónico, en grabaciones y en página impresa. Prescindiendo del formato que prefiramos, lo importante es desarrollar amor por la Palabra de Dios y tenerla siempre presente, todos los días de nuestra vida (Salmo 119:97, 167).

Watch Tower Bible and Tract Society of Pennsylvania, Inc.

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